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Tráfico de caracteres



Por un momento me imagine una cadena interminable de periodistas produciendo en serie artículos a granel

 Problema: Juanito necesita conseguir dinero para comprarse un coche de carreras y su padre le dice que solo se lo dará a cambio de una serie de tareas. Por cada tarea que supere Juanito, su padre le premiará con 0,75 céntimos pero no recibirá nada hasta que logre sumar un total de 300 euros ¿Cuántas tareas deberá superar Juanito para empezar a ahorrar?

Solución: Efectivamente, si Juanito quiere ver alguna moneda como muy pronto al cabo de un mes, tendrá que superar al menos 400 tareas, esto son unas 13 tareas diarias. Si contamos con que Juanito quiera descansar los fines de semana para poder jugar, se elevaría la cifra a unas veinte tareas diarias. Estimando un mínimo de media hora para la ejecución de cada tarea, Juanito tendría que trabajar durante 10 horas diarias para poder cumplir su objetivo.

¿Fácil no? díganselo al pobre de Juanito. En la vida real este personaje es periodista, las tareas son artículos que debe escribir para intentar ganarse la vida (desde luego algo mucho más apremiante que comprarse un coche de carreras) y el dinero miserable que recibe a cambio sigue siendo… dinero miserable.

No, ni siquiera dándole un halo de inocencia este problema parece menos indignante. Este caso es real, una propuesta similar a la de Juanito nos llegó a mí y a otros muchos compañeros la semana pasada. El caso ha sido sonado. La viralidad de las redes sociales y la ira hasta ahora reprimida de cientos de periodistas consiguieron que por primera vez nuestras quejas (igual que lo vienen siendo las del resto de colectivos profesionales) fueran noticia.

Pero es que lo que está ocurriendo no es para menos. Tras la caída del ladrillo, los especuladores deben haber huido a nuevos refugios desde donde seguir imponiendo sus perversas leyes de compra-venta: comprar por cantidades irrisorias para luego vender con precios inflados. Parece ser que algunos han visto el negocio en la especulación de la palabra.

No sé los demás, pero cuando leí hace una semana en mi buzón de correo la polémica propuesta de trabajo, la primera imagen que vino a mi cabeza fue la instantánea de un taller taiwanés clandestino de esos donde, cuenta la leyenda, hay colchones bajo las mesas de trabajo. Por un momento me imagine una cadena interminable de periodistas produciendo en serie artículos a granel para luego traficar en una especie de red de tráfico ilegal de caracteres.

La imagen, aunque exagerada, no está tan lejos de la realidad. Al fin y al cabo la oferta venía a proponer jornadas de 10 horas diarias por un mísero sueldo de 300 euros al mes, sin cotizar, sin seguridad social, sin derecho a paro y si me apuras sin derecho siquiera a firmar tu trabajo. ¿Puede decirme alguien si esto es o no explotación?

Los periodistas hemos dejado de ser considerados artesanos, creativos, autores… para convertirnos en operarios de cadenas de montaje, en productores al peso.  La palabra ha perdido su valor y, con ella, la mano de obra también se ha devaluado.

Algunos piensan que la clave para este problema estaría en estipular una especie de tablilla oficial de precios pero ¿a cuánto se calcula el kilo de caracteres?

Imaginemos que se implanta esta misma dinámica en otros colectivos,  ¿A cuánto pagarían a un médico por el número de recetas firmadas?, ¿A cuánto a un profesor por número de conocimientos transferidos?

¿Suena raro, verdad? Pues esto es lo que pasa cuando un trabajo con vocación social acaba convertido en una industria de producción en masa. Quizá la solución a este problema llegue cuando las empresas empiecen a considerar nuestro trabajo como algo más que juntar palabras, un trabajo que desde luego requiere mucho más esfuerzo que el que pueden pagar 0,75 céntimos.

Tenemos que pelear por exigir unas retribuciones dignas frente a esta nueva hornada de ofertas basura, pero también por dignificar la profesión y devolverle el valor a lo que hacemos.

Mientras tanto, si no queda otro remedio y la profesión está avocada a vender al peso, aquí llevan cuarto y mitad. No se preocupen, invita la casa.

 

(Enhorabuena desde aquí a Azahara Cano, instigadora de esta causa que esperemos no se pierda) #gratisnotrabajo

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Tráfico de caracteres



Por un momento me imagine una cadena interminable de periodistas produciendo en serie artículos a granel

 Problema: Juanito necesita conseguir dinero para comprarse un coche de carreras y su padre le dice que solo se lo dará a cambio de una serie de tareas. Por cada tarea que supere Juanito, su padre le premiará con 0,75 céntimos pero no recibirá nada hasta que logre sumar un total de 300 euros ¿Cuántas tareas deberá superar Juanito para empezar a ahorrar?

Solución: Efectivamente, si Juanito quiere ver alguna moneda como muy pronto al cabo de un mes, tendrá que superar al menos 400 tareas, esto son unas 13 tareas diarias. Si contamos con que Juanito quiera descansar los fines de semana para poder jugar, se elevaría la cifra a unas veinte tareas diarias. Estimando un mínimo de media hora para la ejecución de cada tarea, Juanito tendría que trabajar durante 10 horas diarias para poder cumplir su objetivo.

¿Fácil no? díganselo al pobre de Juanito. En la vida real este personaje es periodista, las tareas son artículos que debe escribir para intentar ganarse la vida (desde luego algo mucho más apremiante que comprarse un coche de carreras) y el dinero miserable que recibe a cambio sigue siendo… dinero miserable.

No, ni siquiera dándole un halo de inocencia este problema parece menos indignante. Este caso es real, una propuesta similar a la de Juanito nos llegó a mí y a otros muchos compañeros la semana pasada. El caso ha sido sonado. La viralidad de las redes sociales y la ira hasta ahora reprimida de cientos de periodistas consiguieron que por primera vez nuestras quejas (igual que lo vienen siendo las del resto de colectivos profesionales) fueran noticia.

Pero es que lo que está ocurriendo no es para menos. Tras la caída del ladrillo, los especuladores deben haber huido a nuevos refugios desde donde seguir imponiendo sus perversas leyes de compra-venta: comprar por cantidades irrisorias para luego vender con precios inflados. Parece ser que algunos han visto el negocio en la especulación de la palabra.

No sé los demás, pero cuando leí hace una semana en mi buzón de correo la polémica propuesta de trabajo, la primera imagen que vino a mi cabeza fue la instantánea de un taller taiwanés clandestino de esos donde, cuenta la leyenda, hay colchones bajo las mesas de trabajo. Por un momento me imagine una cadena interminable de periodistas produciendo en serie artículos a granel para luego traficar en una especie de red de tráfico ilegal de caracteres.

La imagen, aunque exagerada, no está tan lejos de la realidad. Al fin y al cabo la oferta venía a proponer jornadas de 10 horas diarias por un mísero sueldo de 300 euros al mes, sin cotizar, sin seguridad social, sin derecho a paro y si me apuras sin derecho siquiera a firmar tu trabajo. ¿Puede decirme alguien si esto es o no explotación?

Los periodistas hemos dejado de ser considerados artesanos, creativos, autores… para convertirnos en operarios de cadenas de montaje, en productores al peso.  La palabra ha perdido su valor y, con ella, la mano de obra también se ha devaluado.

Algunos piensan que la clave para este problema estaría en estipular una especie de tablilla oficial de precios pero ¿a cuánto se calcula el kilo de caracteres?

Imaginemos que se implanta esta misma dinámica en otros colectivos,  ¿A cuánto pagarían a un médico por el número de recetas firmadas?, ¿A cuánto a un profesor por número de conocimientos transferidos?

¿Suena raro, verdad? Pues esto es lo que pasa cuando un trabajo con vocación social acaba convertido en una industria de producción en masa. Quizá la solución a este problema llegue cuando las empresas empiecen a considerar nuestro trabajo como algo más que juntar palabras, un trabajo que desde luego requiere mucho más esfuerzo que el que pueden pagar 0,75 céntimos.

Tenemos que pelear por exigir unas retribuciones dignas frente a esta nueva hornada de ofertas basura, pero también por dignificar la profesión y devolverle el valor a lo que hacemos.

Mientras tanto, si no queda otro remedio y la profesión está avocada a vender al peso, aquí llevan cuarto y mitad. No se preocupen, invita la casa.

 

(Enhorabuena desde aquí a Azahara Cano, instigadora de esta causa que esperemos no se pierda) #gratisnotrabajo

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