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Reconstrucción



Estaba intentando escribir. Ayer por la tarde. No fluía y las horas caían. Me di por vencido. Fui a la estantería en busca de algo que leer. No había nada virgen, así que escogí lo más remoto. Cuentos de Jack London. Leí por encima unos cuantos. Intentaba dar con algo duro, algo fuerte. Y sí, había pasajes profundos. Pero pocos. El problema de siempre con Jack, en mi opinión: esa manía de explayarse más en el sufrimiento de los perros que tiran de trineo que en el del hombre que los flagela intentando huir del silencio blanco. En fin, después de veinte minutos decidí devolver el libro a su sitio. Pero, claro, los demás habían intentado ocupar su lugar y no había manera de encajarlo. También es posible que la estantería fuera vieja o de mala calidad. Ambas cosas, me temo. El caso es que empujé y empujé. Al final los listones laterales cedieron, y con ellos cada uno de los estantes. Mi pequeña colección se vino abajo, entre madera tronchada, serrín y clavos oxidados. Los libros quedaron desparramados entre mis pies. Pensé que debería barrer más a menudo mientras me invadía una tristeza lenta. Una especie de culpa. La sensación de que tendría que haber sabido que aquel momento llegaría. El momento del derrumbe. Dudé durante unos instantes. La alternativa era poner algo de música y tirarme en la cama con la esperanza de quedarme dormido el mayor número de horas posible, o reparar el desastre. Es decir, recoger los libros y meterlos en una de esas cajas de plástico, poliuretano o lo que sea en que normalmente se guarda la ropa de invierno en verano y viceversa. Al menos eso hago yo. Pero lo cierto es que me pareció un final lamentable para mi biblioteca. Me conozco, así que sabía muy bien que si guardaba los libros en esa caja y los deslizaba bajo la cama pasaría mucho tiempo hasta que volviera a sacarlos de allí. Opté por improvisar. Eran casi las ocho. Con suerte la carpintería de la esquina estaría abierta. Cogí una regla, tomé medidas apresuradamente y bajé a comprar madera y clavos. De vuelta en casa empecé a clavar tablones. También con prisa, casi con ansia, como si de la solución de ese accidente doméstico dependiera la solución de otras muchas cosas más importantes. Para mi asombro acabé el trabajo en menos de media hora. Colgué mi obra en la pared y me quedé un buen rato contemplándola. Podía sentir como algo muy parecido al orgullo se expandía dentro de mí. La estantería parecía resistente, parecía bien hecha. Aguantó sin problemas los libros que le puse encima. Sí, podía decirse que era un buen trabajo. Y oír mi propia voz diciendo sin titubear esas palabras me hizo sentir decididamente bien. Aproveché esa sensación para bajar a dar una vuelta. Tal vez reconciliarme con el mundo. Había oscurecido casi por completo. El cielo era de un intenso azul marino. Soplaba una fría brisa del este. La gente volvía a sus casas desde sus trabajos, desde los bares, los hospitales o después de pasarla Inspección Técnica de Vehículos. Y en sus caras no se observaba el menor atisbo de la satisfacción que yo sentía en ese momento. De modo que, claro, mi bienestar se prolongó un poco más. Solo un poco. Tal vez un par de minutos. Lo justo para dar la vuelta a la manzana y regresar a casa. En el ascensor, mirándome directamente a los ojos, esa fantástica sensación se diluyó con la misma rapidez con la que había surgido. Ya no quedaba ni rastro de ella cuando me senté ante el ordenador para intentar acabar la historia que había dejado atascada. Solamente su recuerdo. Y la esperanza de volver a experimentarla haciendo bien algo un poco más difícil que construir una estantería.

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