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Convocado a la sala de reuniones. Sólo yo, además. Qué poco me gusta esto. Cuando entro veo allí al jefe de mi departamento, al de recursos humanos y… al director. El primero viste informal, como siempre, sus vaqueros y su camisa de leñador, ahora camiseta por el calor. El segundo va mas formal, dockers chinos con camisa de vestir y chaleco de cuello de pico que siempre me recuerda a los que llevaban Zipi y Zape. Pero sin llegar al nivel de tipo estirado y carca que lleva el director con ese traje y corbata, incluso cuando hace un sol de justicia y nos racanea con el aire acondicionado… hasta en la sala de reuniones. Suda a chorros – no mas que yo, seguro, que a poco que me mire mal una bombilla de ahorro ya empapo lo que lleve puesto – y se le ve la tez colorada. ¿Cuántos años tendrá ya…? Creo que tira para los sesenta… Lleva los cuatro pelos mal contados que le quedan al estilo “Anasagasti”, en un patético intento de evitar que se le vea cuan calvo es.

Empieza el de recursos humanos. Me hace la pelota diciendo que hago un buen trabajo, que estoy comprometido con la empresa, que agradecen mucho – pero solo con palabras – las horas extra y festivos que he trabajado… Mi jefe de departamento tiene unas ojeras horrorosas, pero claro, cuando yo me voy él sigue aquí… y cuándo llego por la mañana él SIGUE aquí…

Vaya, me distraje… ¿Cuánto llevará hablando el director? Ni idea… Pero vamos, casi me sé el discursito. “Mala situación económica… blablabla… estamos todos en el mismo barco… blablabla… remar todos en la misma dirección…. blablabla… esfuerzo coletivo…” ¿En serio no se le cae la cara de vergüenza al intentarnos colar esta milonga? Joder, que tenemos acceso a la memoria económica de la empresa… Que entre pitos y flautas no sólo NO han habido pérdidas, sino que aún hay ganancias… Sí, menores que las del año anterior, ¡¡pero las hay!!

Vuelve a hablar el lameculos de RH. ¿Son cosas mías o mi jefe tiene mala cara más allá del agotamiento y las ojeras…? “Blablabla… esfuerzo pedido a todos los trabajadores… blablabla… es la mejor forma de capear el temporal… blablabla…” Y ahora me pasa unos papeles… Se parecen a los del contrato que firmé al entrar aquí… A ver que los lea… Sí, sí que parece un contrato… Pero a media jornada. ¿Con la de faena que hay? No lo entiendo…

Mi jefe no responde a mi pregunta de si hay previstos recortes en la carga de trabajo cómo para hacer este tipo de recortes en el horario. Pero el de recursos huamnos sí. Dice saber que “la empresa” puede contar conmigo como hasta ahora, en caso de necesidad prolongar la jornada… Vamos, que curraré lo mismo pero cobraré – y cotizaré a la Seguridad Social – la mitad. La hostia en verso. Esto cabrea. Y así se los hago saber, vaya que sí.

Ahora es el director el que habla. Que mire el último papel, si no estoy de acuerdo con el cambio de jornada, que lo firme y listos. ¿Pero éste de qué va? ¡¡Si lo que quiere que firme es una rescisión voluntaria de mi contrato!! La cara que no estaré poniendo que el tipo va y me dice que ya sé lo que hay y que elija… ¡Y encima me mete prisas! Yo se lo dejo claro, ni unas ni otras. Ni hay motivos para bajarme la jornada, especialmente si piensan que voy a trabajar igual que antes a la mitad de salario, ni pienso por lo mas remoto rescindir yo mi contrato. Mi jefe de departamento parece empequeñecer en su silla, todo callado y maliciento. Aún me pregunto para qué lo habrán traído… Qué les gusta una ceremonia absurda. Pero mira bien cómo no han traído a nadie del sindicato teniendo en cuenta que había firma de papeles de por medio, oye.

¡Esta es grande! Ahora me dice el carca desgraciado este de la corbata que si quisiera me echaría sin contemplaciones, que no le eche cojones, que el mercado laboral está lleno de gente como yo. Que quien manda es él, que qué puedo yo hacerle.

En algún momento me he puesto en pié, pero no lo recuerdo. El cabrón trajeado y yo hemos llegado ya a los gritos, es algo ya entre él y yo, los otros dos ni se meten, están ahí como si no fuera con ellos todo esto, como metidos en su propio mundo. El cabrón se repite “¿Qué puedes tú hacerme, eh?”.

La detonación del disparo saca al silencioso par de su ensimismamiento. El cabrón tiene su traje manchado de sangre que le mana del agujero de la cabeza. Y yo tengo en mis manos un arma que no sé de dónde salió. “Puedo hacer lo que debo hacer” – le digo, con la extraña certeza de que aún puede oirme, aunque sea por poco tiempo – “Lo que debo hacer”.

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