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El degustador de tagliatelles



 Esta mañana, una voz apesadumbrada me dijo: “No es justo, no es justo. Este tío se estaba comiendo ayer un plato de tagliatelle cuando tenía que estar en una reunión super importante. Lo peor es que nadie le dijo nada ni, por su puesto, le pidieron explicaciones”.Intenté, sin mucho éxito, calmar los ánimos de mi interlocutor pero enseguida me di cuenta de que era demasiado tarde. En todas las oficinas, fábricas, rascacielos o administraciones hay un tipo que come tagliatelle  mientras el resto se echa a la chepa el trabajo propio más el del comedor ferviente de pasta.

¿Por qué pasa esto? Aquí van tres claves en cascada que nos ayudan a entenderlo:

-En nuestro país hay una gruesa capa de gente que tiene un contrato fijo (aproximadamente nueve millones de personas, de los diecisiete millones que trabajan). Graicas a esta condición, cobran más cuando son despedidos sin una causa concreta (despido improcedente).

- A esto hay que sumar la antigüedad. Con el paso del tiempo, quizá una persona deje de motivarse con su trabajo; incluso puede que no haya aprendido nada nuevo en el último año pero, amigo, los años de servicio están ahí. Y aunque no sea el más motivado, puntual o cumplidor compensa tenerlo dentro de la compañía. Nuestro comedor de tagliatelle lleva 35 años en su empresa. Pongamos que cobra 4.000 euros al mes (“es más seguro”, me corrige la voz apesadumbrada). Sigamos. Para sustituirle habría que darle 210.000 euros de un plumazo (es el equivalente a 45 días de salario por año trabajado)

-Si a estos factores se añade la fama que se ha cosechado en estos años nuestro Míster Tagliatelle, tenemos la combinación perfecta para que jamás se vaya. Tiene fama de despistado, de genio de otro tiempo, de caricatura andante lo que le convierte en  algo así como una mascota entre sus compañeros.

Resumiendo: seguirá comiendo pasta por muchos años

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